La historia fluye y los contextos cambian, pero el Evangelio permanece inmutable a través de los siglos: una palabra viva que nunca envejece ni se desvanece.
A cada cristiano se le confía la preciosa tarea de volver continuamente a las fuentes vivas de la fe, para proclamar con renovado fervor, y en el lenguaje de hoy, la belleza de un Dios que nunca deja de buscar a sus hijos.
Que el Resucitado llegue a todos (en sus propios hogares, en las labores de la vida cotidiana, en las alegrías compartidas, en los silencios más profundos) y les conceda esa paz que el mundo no puede dar, pero que el corazón conoce y reconoce.







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